Un Bocadillo de Tania Hernández A.
Hay muchos que cuando les preguntas por qué escogieron tal o cual profesión responden que porque quieren el triunfo, la fama, ganar mucho dinero, el éxito, el reconocimiento del mundo entero o el premio más afamado de su disciplina. Algunos otros simplemente dicen que porque les gusta o porque no hubo de otra.Estos días he pensado mucho en esto. Emocionalmente desde hace algún tiempo he estado acomodando varias cosas de mi vida, entre ellas las pasiones. Así que no he podido dejar de hacerme preguntas parecidas a lo que planteó al principio de este post: ¿Qué hago aquí? ¿Para qué escribo? ¿Con qué afán? ¿Hay algo más que quiera hacer y no he experimentado? ¿Estoy segura que este es el camino?
Seguro algunos de ustedes se han cuestionado al respeto, tal vez otros se han podido responder, aunque sea un caso u otro todos nosotros no podemos negar que en algún momento hemos deseado el mayor reconocimiento que podamos alcanzar y hemos trabajado sólo para ello. Nos planteamos metas a futuro, como todas las que cite al inicio, que si el premio, el éxito, etcétera, logros todos que no podremos ver ahora y que no estamos seguros si algún día llegarán.
Recuerdo ahora un maestro de la escuela de cine cuando el primer día de clases dijo que si entre los alumnos había alguien que sólo soñará con llegar a la alfombra roja de su primera película se saliera del salón porque eso no era querer ser cineasta. Y luego, rememoro una reciente confesión de una persona muy especial para mi, que seguro ustedes también conocen: @Otramaria. En nuestro reciente encuentro en Mérida contó con sencillez ‘no imagino la vida sin escribir, necesito escribir todos los días’.
Entonces, comienzo a tener respuestas. Para empezar, está bien tener metas a largo plazo, allanan los caminos y nos permiten mantener el rumbo, pero obsesionarnos con ellas y sentir que somos muy infelices por no alcanzarlas aún, nos podría derrumbar emocionalmente, al grado de olvidar el verdadero motivo de lo que hacemos.
A las pasiones, como en nuestro caso la escritura, hay que vivirlas a diario, con sus menesteres y sinsabores, en el esfuerzo cotidiano, incorporarlas a la vida misma para dejar de sentir que viven lejos de nosotros y que es difícil alcanzarlas, y dejar de esperar a que llegue el premio, el reconocimiento o la publicación. ¿No creen?
Tania Hernández A.
Twitter: @taniahernandeza
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Para @Otramaria y @LeonMelendez
Después de varios días intensos de viaje, el jueves @LeonMelendez y yo conocimos a @Otramaria en Mérida. Me sonreí cuando la vi escribiendo en una libreta antes de levantarse para darme un abrazo, tan cálido como el clima de su ciudad.
Hablamos de todo un poco, aunque el tema constante, inevitablemente, fue la escritura. Así que nuestro encuentro no pudo ir mejor. En los helados Colón, en el célebre Paseo de Montejo, le platiqué a @Otramaria que en este momento me sentía un poco desconectada de la creatividad para escribir debido a, entre otras razones, mi trabajo como reportera, que por duro que resulta a veces me obliga a alejarme de las emociones para mantener un poco de cordura.
“Escríbelo, por favor”, me dijo @Otramaria unos instantes después y de inmediato pensé en el post de cada semana para #ClubSeis, así que aquí lo tienen y por eso la dedicatoria.
Justo aquella noche en Mérida logré entender lo que me pasa. Hace días que estoy pensando en ello, en cómo sentirme ‘inspirada’, por decirlo de alguna manera, para volver a escribir de manera constante y como ya lo había dicho la semana pasada, para construir un hábito creativo más allá de las costumbres del trabajo.
Ha sido difícil encontrar respuestas, hasta que delante de un helado de fresa pude ordenar las ideas, contarlas y sobre todo entenderlas.
Para escribir hay que estar en un lugar mágico, no se trata de un sitio físico, sino más bien de un momento emocional en el que los sentimientos estén ahí dispuestos a convertirse en palabras, en frases, en historias.
Un lugar que se debe buscar haciendo preguntas, realizando un trabajo interno en el que la curiosidad nos lleve a conocer lo que somos y lo que no queremos ser. El mismo intento que todos los días nos hace mejores personas, que nos lleva por la vida tomando decisiones que pueden hacernos felices.
Pienso que una de las maneras de encontrar ese lugar mágico es viajar. Alejarnos de lo cotidiano y de las rutinas, permite ver en dimensión lo que hacemos, sin tantos distractores hacemos conciencia de lo que es importante porque nos hace vibrar. Entonces volvemos con energías recargadas porque encontramos ese lugar especial, podemos entonces crear y escribir.
Pero, si no viajamos, entonces tenemos que perseguir la magia. Ese es mi objetivo ahora, buscar en dónde está, porque de tanto cumplir con las responsabilidades y tratar de sobrevivir ante esa exigencia, he perdido el ímpetu y la energía de estar en un estado, que va más allá de la tranquilidad o la soledad, que tiene que ver con una búsqueda constante de lo que soy, con la posibilidad de llegar al lugar mágico desde el cual escribir. Ese donde todo es sorpresivo e intenso. Ese lugar de las ilusiones. El sitio donde vibramos de imaginación.
Tania Hernández A.
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Lo más sencillo de todo en la vida es escribir, por lo menos para mí. Lo hago todos los días, sin falta. Escribo en el tuiter, en el facebook, en el blog, en el trabajo, para #ClubSeis, cuando mando mensajes, en fin. Escribir parece un acto cotidiano, pero no lo es.
Aunque escriba todos los días y a todas horas, no puedo decir que tengo el hábito de escribir, porque eso es otra cosa.
Cuando se trata de las redes sociales suelto lo que me pasa, algunas motivaciones personales que quiero compartir y a veces algunas minificciones, que quien sabe si lleguen a tal. En el trabajo, por lo menos cinco días a la semana tengo que escribir notas, dos mil caracteres de rigor por cada una y a veces me aviento hasta cuatro, en un sólo día. Para #ClubSeis ya saben cada semana y lo de los mensajes cuando es necesario.
Pero escribir, escribir, lo que se dice escribir, ser escritora pues, sólo a veces. Poco tiempo para mi gusto. Últimamente he pensado en eso y en mi necesidad cada vez más intensa de darle forma a mis historias, a mis cuentos que continuamente luchan por salir e invadir la pantalla.
Esa necesidad se da de manera atropellada, como una especie de momento inspirador en el que tengo ganas y nadie puede quitarme la idea. Cada vez más estoy convencida que el momento creador debe ser algo que se construya, que poco a poco tome forma y no que sea como un huracán que llega sin avisar porque lo que resulta puede ser igual de caótico.
Trabajo en ello, estoy a punto de salir de vacaciones y me tomó en serio la posibilidad de ponerme un hasta aquí en la manera tan desordenada de escribir. Funciona, cómo no, si gracias a ello he escrito lo que he escrito, pero hacen falta tuercas que apretar y eso sólo se hace en el hábito de la escritura.
Tal vez escribir sólo por las mañanas una hora, tal vez hacerlo en las noches antes de dormir, no lo sé aún, lo que sí sé es que cada vez necesito más poner orden a mi trabajo creativo que estoy segura se va a potencializar con el rigor y el ritual, porque de eso también está hecho el hábito.
Y ustedes, ¿cada cuánto escriben? ¿Dónde lo hacen? ¿Tienen el hábito de escribir?
Tania Hernández A.
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Hace unos días mientras esperaba a una amiga, el mesero se acercó para preguntarme qué leía. Me sonreí y le dije: zombies. El empleado hizo una cara de asco que no pudo ocultar, ni en las bolsas de su delantal azul recién planchado.
‘¿Por qué les gusta tanto la ficción si no es realidad?’ Me preguntó de inmediato. Yo seguí mostrándole mi sonrisa, mientras sopesaba las únicas dos posibilidades ante mí: explicarle por qué adoro la ficción o ignorar la pregunta.
No fue necesario tomar una decisión, el mesero antes siquiera preguntarme qué iba a querer de tomar, comenzó un soliloquio en el que disertó sobre el parecido que tienen las novelas de ficción y el cine y lo sorpresivo que para él resulta que cuando mira una película de suspenso aunque sepa que eso no existe su cuerpo está tenso y tiene miedo.
‘Así debe ser con la ficción ¿no?’. Pues claro, le respondí, porque el cine ocupa también la ficción. Ya no pudimos hablar más, o mejor dicho, ya no pude seguir escuchándolo porque mi amiga llegó y la conversación derivó en otros temas.
Rescato esta anécdota, de las muchas en que transcurrió mi vida esta semana, porque quiero subrayar la importancia que tiene el arte en la vida de las personas, lo sepan o no.
Aquel hombre, dispuesto a platicarme su experiencia con el cine, no hizo más que recordarme que cualquier arte puede estremecer, cuestionar, mover el corazón de quien lo vive, aunque esa persona no sea consciente de la manera en que la expresión artística se conformó.
Pero, sucede que nos identificamos con un personaje, que un color nos hace sentir las lágrimas en la orilla de los ojos, que un color nos presenta una interrogante, que el movimiento nos regala un anhelo, sin necesidad de explicaciones.
Hace algunos años me dediqué a reportear cine. Iba a festivales, premieres, alfombras rojas, en fin. El caso es que en ese entonces, y aún ahora, pienso que cuando el cineasta tiene que explicar su obra, entonces la película no funcionó. Lo mismo pasa con lo demás, de manera particular con la literatura.
Enfrentarte con un texto, aunque no tengas conocimientos de la narrativa y todas sus herramientas debería ser suficiente para experimentar la magia de la literatura. Por ello, debemos ser cuidadosos como escritores, que todo lo que escribamos se entienda, pero sobre todo que se sienta.
Tania Hernández A.
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¿Se han preguntado alguna vez para qué les sirve escribir? Últimamente, el cuestionamiento está en mi cabeza, sin ninguna respuesta, aún.
Recientemente he oído a varios escritores que aseguran que la escritura sirve para entender el mundo, aunque esa razón, tal vez la más real, no la entiendo del todo.
Generalizar la emoción de escribir resultaría simplemente abrumador, porque cada escritor es diferente y narra lo que siente de una manera distinta.
Tal vez para lo que debería servir la escritura es para entender nuestro mundo, el interior y el exterior. Si partimos de la idea icónica de que cada cabeza es un mundo y que en cada uno de los escritores o aficionados a la escritura se gestan ideas variadas y con un sentido personalisimo de la realidad, entonces voy entendiendo mejor.
Porque a pesar de que sabemos que a estás alturas de la historia de la literatura es difícil escribir sobre algún tema que no se haya escrito jamás, sí podemos imprimir nuestro propio estilo a nuestras letras.
Entonces ya tenemos dos cosas de que ocuparnos a la hora de escribir: el fondo y la forma. Siempre ha sido así y de manera muy ingenua y sencilla lo plasmo en este post, aunque ya todos lo sepamos.
En el fondo está la búsqueda de ese entendimiento de lo que somos y de lo que no somos, búsqueda valiosa que nos permite, cada que encontramos una respuesta, ser más libres, aunque no necesariamente las respuestas tengan que ser positivas.
En la forma está el ensayo y el error. Escribir continúamente, hacer de lo que amamos, un oficio que nos permite, siempre que lo dejemos, acercarnos a nuestra particular manera de decir las cosas. Es, como decía @LeonMelendez hace poco, amasar y moldear nuestra herramienta: la palabra.
Y a ustedes, ¿para qué les sirve escribir?
Tania Hernández A.
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Estoy sorprendida y la verdad, muerta de miedo. Hace unos días comencé a leer “Guerra mundial Z” de Max Brooks. El libro es una recomendación de un gran amigo que ahora anda lejos y que tal vez por eso, en honor a la nostalgia y extrañamiento, por fin le hice caso.
La introducción es contundente, la historia que tengo en mis manos habla sobre La Crisis, Los Años Oscuros, La Plaga Andante, es decir, sobre los zombies y su ataque a la humanidad, el mayor que haya sufrido el hombre.
En la página 15, el libro comienza llevándonos a China y contándonos del primer contagio, un niño de 12 años a quien se le rompen los brazos y no siente dolor, ni tiene sangre, una verdadera desgracia, que lo mejor de todo es que se siente tan real.
Ya no puedo contarles más del libro por respeto a aquellos que quieran leerlo, pero también porque apenas voy iniciándolo y no sé ni cómo vaya a continuar ni cómo acabe, lo que sí me ayudó a recordar es la importancia de la verosimilitud.
Se puede escribir sobre cualquier cosa, sobre el espacio, la ciencia, muertos vivientes, personajes fantásticos y todo lo que la imaginación nos permita, pero si no podemos hacer que el lector lo crea, entonces estamos perdidos.
Nuestros mundos tienen que conservar y respetar las reglas que planteamos desde el inicio para que sean creíbles, no importa si en la realidad sea imposible. Por ello, es importante que antes de escribir un cuento o microcuento de ciencia ficción, de fantasía o de cualquier otro género que no precisamente sea realista, tenemos que pensar en cómo es nuestro universo para no contradecirlo y terminar con un texto que sea difícil de leer y de entender.
Sabemos que tenemos que hacer ese ejercicio cada que estamos a punto de escribir una novela, un cuento, aunque me parece que cuando hablamos de minificción difícilmente nos detenemos.
Es tan inmediato, a veces tan visceral la escritura de pequeñas historias, que vienen como chispazos en una tormenta eléctrica, que poco nos cuestionamos si cumplimos con la verosímilitud.
Ahora, este libro me hizo reflexionar sobre esta terrible omisión y sugerir que aunque contemos algo en #seispalabras pongamos un poco de atención en nuestra congruencia y si se cree lo que contamos.
Tania Hernández A.
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Dije que no iba a escribir sobre violencia. Hace unos meses, pensaba, que la literatura no debía exacerbar los hechos que en este País, México, se viven a diario e incrementan dramáticamente. Me equivoqué.
Antes, tal vez estaba en la posición más romántica creyendo que sólo se debía escribir de un mundo mejor para ayudarnos a pasar estos tiempos llenos de miedo. ‘Bastante tenemos con las noticias llenas de violencia’, me decía y con ello me rehusaba a abordar textos más oscuros.
Desde hace algunas semanas me he cuestionado esta postura y sin quererlo comenzaron mis ganas por escribir de la violencia, burlarme de ella y exacerbarla para de alguna manera neutralizarla, por lo menos en mi vida.
Me negué por algunos días, pero inevitablemente termine sentándome a escribir una serie de minificciones de lo que me duele. Comencé esta semana y de alguna manera especial llega el alivio con cada frase que escribo.
¿Para qué sirve el arte? ¿Para qué escribimos? Me he estado preguntando constantemente. Tal vez para dejar constancia de lo que nos duele. Tal vez algunos lo hacen por el reconocimiento, que no está mal, pero cuando podemos plasmar lo que pensamos, sentimos y soñamos, entonces nos acercamos poco a poco a textos más honestos y por ello más valiosos.
Les cuento todo esto porque quería contarles de esta transformación que estoy viviendo, a lo mejor algunos me dirán que me tardé en entender esta posibilidad del arte, de la literatura. No importa, la idea es que llegué a ella y la estoy aprovechando.
Y a ustedes ¿qué les duele?
Tania Hernández A.
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Las hojas de los árboles no se secan. En los últimos días ha llovido constantemente en la ciudad donde nací. El calor sólo cede por las noches, entonces hay que cobijarse con una chamarra o un abrigo, largo de ser posible.
Ya van dos veces que la lluvia se intensifica cuando voy al volante, no deja de sorprenderme cómo dejo de ver lo que hay delante y atrás de mi. En ambas ocasiones he estado tentada a detenerme, mirar pasar la lluvia y luego seguir. Pero no, aumenté la velocidad de los limpiaparabrisas y seguí, despacito, pero seguí.
¿Cuántas veces queremos detenernos cuando las cosas se complican? Dejar que la vida pase, evadir la toma de decisiones, escoger el camino más sencillo. Tal vez nos pasa siempre o a veces, a lo mejor no nos ha pasado nunca. Tal vez como la lluvia, sólo se trata de temporadas que pasarán.
En esta temporada mía, apenas comienzo a ser consciente de mis emociones, otras veces he estado triste o enojada y sin aceptarlo ando por la vida destruyendo momentos y oportunidades.
Pero ahora algo está cambiando, poco a poco empiezo a darme cuenta de cómo me afectan las cosas, puedo mirarme, ver cómo me siento y decidir cómo quiero sentirme. Ese control me fortalece y me ayuda a crear. Irónicamente el sentarme a escribir, a crear, es una de las cosas que ha hecho que pueda tener mucho más fácil el control de mis emociones. Un círculo virtuoso.
El arte que toca todo y el todo que toca al arte no puede ser más que un camino por donde andar con paso seguro y sin detenerse, aunque a veces se nos empañen los vidrios y queramos detenernos. No es mi caso, sólo es la inquietud de que algunos a los que quiero les llueve.
Y ustedes ¿han visto llover?
Tania Hernández A.
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Andamos por la vida siempre corriendo. Queremos llegar, a dónde, no importa. Siempre queremos llegar, ganar, triunfar. Así nos enseñaron, alcanzar la cima es la única meta, aunque nunca nos dijeron qué cima o cómo llegar a ella. Corremos tanto que a menudo nos alcanzamos y andamos caminando detrás de nosotros mismos, presionándonos.
Hace poco le preguntaba a @LeonMelendez si creía que la humanidad siempre se había estresado, es decir aquellos cazadores de los primeros tiempos habían sentido esa presión de ser, sentir o tener. Ya me explicaba que el estrés es un acto de defensa, como el miedo y que seguramente el hombre siempre había sentido estrés, sólo que en aquellas épocas era poco y pasajero.
Ahora el estrés es constante, por eso es una enfermedad que nos adormece y nos vacuna contra las pequeñas cosas. Andamos tan de prisa que se nos olvida detenernos a ver un amanecer, a escuchar una buena canción, a decir un te amo o a leer un libro que nos haga estremecer.
Aunque disfrutar de las pequeñas cosas no sólo requiere de tiempo, también necesita de un alma sensible que quiera trascender, que quiera ser libre para volar muy lejos de los parámetros sociales que nos exigen cada día más.
Todo esto he pensado después del sábado pasado que pudimos conjugar algunos #verbos en historias, dejándolas en tuiter. Ustedes dirán ‘eso qué tiene que ver’, pues yo creo que mucho.
Pudimos detenernos un poco y jugar, escribir lo que se nos ocurría, leer lo que otros escribían, reflexionar sobre lo que se decía, incluso reírnos de algunos #verbos. Para mi esas son las pequeñas cosas que no debemos perdernos.
Muchos han satanizado las redes sociales e incluso se niegan a participar de ellas: no saben de lo que se pierden, porque reuniones como la que tuvimos el pasado sábado son invaluables y hacen que el estrés y la presión de estos tiempos se diluya en el disfrute de las pequeñas cosas, y si se tratan de escritura, qué mejor.
Gracias a todos los que participaron de los #verbos, la invitación queda abierta, no hay hora ni lugar, con que haya ganas y pongan el hashtag al final de lo que escriban, listo.
Tania Hernández A.
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De concursos y otras manualidades
Un Bocadillo de Tania Hernández A.
Siempre podemos quedarnos quietos sin hacer nada, mirando cómo pasa la vida, o podemos dejar la desidia y actuar. Las dos cosas requieren del mismo esfuerzo, aunque parezca mentira.
Si lo nuestro es dejar que la vida pase entonces ocupamos cierta energía para quedarnos sentados mirando al horizonte, la misma energía que otro en nuestro lugar ocuparía para levantarse y perseguir una oportunidad.
No importa de qué lado te encuentres si se trata de una decisión y no de un simple despiste o de una actitud inconsciente.
Parece que acabo de regresar del psicólogo, pero no, mejor dicho estoy meditando sobre el parecido que tiene la escritura con la vida. Sí, para mi escribir es vivir, pero no me refiero especialmente a esa pulsación.
Creo que para vivir hay que actuar, lo mismo que para escribir, no sólo me refiero al acto sencillo de sentarnos frente a la computadora o a la hoja de papel, sino al conjunto de emociones y acciones que debemos poner en marcha para cristalizar una idea en una historia, en un cuento, una novela o una minificción.
Desde tener la determinación para ocupar cierto tiempo de nuestra vida en concebir una idea, hasta tomar la decisión de sentarnos todos los días, o por lo menos algunas horas a la semana, a darle vida a nuestra creación.
Luego sorprendernos con lo que hicimos y compartirlo con los más cercanos o con los más lejanos a través de nuestro blog o cualquier otro medio que ocupemos para dejar que otros lean lo que escribimos.
Se trata de los mismos procedimientos que ocupamos en la vida, actuar y decidir, sólo que acá no es un ensayo, tal vez la única diferencia es que no tenemos una tecla suprimir ni una goma de borrar, pero para el caso eso le agrega cierta emoción.
Así que la importancia de actuar está en ambos lados, en el de la escritura y su infinita posibilidad de ficción y en la vida con su ineludible dosis de realidad. Es el arte en dos de sus posibilidades. Es el arte.
Porque el arte es acción. Aunque en la escritura deberíamos ser más acción que en cualquier otra disciplina. Sino pregúntenle a aquel que lee un texto donde no pasa nada, donde la contemplación es la única posibilidad. Seguramente el texto podrá ser bello, pero si no avanza, sino pasa nada, entonces se queda como postal para el recuerdo.
Y bueno, todo esto de la acción y sus diferentes maneras de interpretarla en la escritura, muy a propósito de que quiero invitarlos a que participen en un jueguito que me inventé la semana pasada, se llama #verbos y la idea es transgredir las acciones que cada verbo nos propone. ¿Cómo?, como quieran.
Aquí hay algunos ejemplos de cómo lo hicimos cuando comencé a poner unas cuántas ideas y luego otros se unieron a mi locura. A ver qué les parece. Para participar sólo tienen que poner en el tuiter el hastahg #verbos y listo. Intentemos está semana algunas frases, ¿actuamos?
Tania Hernández A.
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